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Titón, el aprendiz
Si “tirios y troyanos” coinciden en el territorio audiovisual de Cuba es para ver una película de Tomás Gutiérrez-Alea (La Habana, 1928-1996). Juntos se sientan –y hasta comparten palomitas de maíz– quienes encuentran en la obra claves para interpretar el presente, y quienes creen que una buena cinta filmada hace décadas ya es inofensiva; quienes lo homenajean con obras, y aquellos de infantil (o alevosa) vocación arqueológica. 
En 2016 se cumplieron 20 años de la muerte de quien parece consagrarse como el mayor director de Cuba, y el Festival de Cannes exhibió Memorias del subdesarrollo (1968) en su sección de clásicos, restaurada gracias a las arcas abiertas por The Film Foundation’s World Cinema Project, de Martin Scorsese, y la George Lucas Family Foundation. En diciembre último, el Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano también reservó un espacio para rememorar la gloria fílmica con la proyección de Memorias… (junto con la remozada Retrato de Teresa, dirigida por Pastor Vega en 1978), así como Una pelea cubana contra los demonios (1971) y Los sobrevivientes (1978), ambas maquilladas por el archivo de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood.
Así que Titón se ha convertido en tótem para algunos, en fetiche que puede sacarse al sol cuando es preciso convencer de que ha sido posible –sin mayores traumas– la representación audiovisual de los conflictos del hombre y la construcción del socialismo cubano. Para otros, su obra es estímulo intelectual que azuza la investigación, y su vida un ejemplo de revolucionario con enorme responsabilidad pública y ambición estética. En el último grupo se inscribe el camagüeyano Juan Antonio García Borrero, quien recientemente publicó El primer Titón (2016) en la colección Diálogo, de la Editorial Oriente.
García Borrero es un sagaz analista de los procesos culturales cubanos, específicamente del ámbito cinematográfico. Ha ganado en tres ocasiones el Premio Nacional de la Crítica Literaria, en ocho el Caracol de Crítica y Ensayo de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, y en 2004 recibió el Premio Internacional de Ensayo de la revista Temas. También pertenecen a su copiosa producción los libros Quién le pone el cascabel al Oscar (1998), Guía crítica del cine cubano de ficción (2000), Rehenes de la sombra (2001), La edad de la herejía (2002), Todo sobre Oscar (2006), Otras maneras de pensar el cine cubano (2009), entre otros.
El pequeño volumen que ahora propone recorre un período que comienza en 1928 y culmina en la fundación del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). Contiene en sus 134 páginas indicios sobre cómo se gestó la industria nacional de cine, algo que Gutiérrez-Alea y sus amigos imaginaron durante años y se consolidó cuando el gobierno revolucionario precipitó el alcance de tal quimera. Su tesis confesa es que este alumbramiento “solo fue posible porque un grupo de cinéfilos se empeñaron en soñarla en medio de la total indiferencia colectiva”.
Así que el devenir audiovisual del país ha de contarse incluso antes del Icaic, pues en esa “prehistoria” según el icaicentrismo, están las claves de muchos posicionamientos estéticos y políticos ulteriores. Cartas personales, artículos publicados en la revista de la sociedad cultural Nuestro Tiempo, así como otras fuentes de la época –en las que rastreó polémicas y debates públicos sobre la política y el arte de entonces– sirven al autor para amalgamar un relato sobre los afectos, encuentros y desencuentros del director de Muerte de un burócrata (1966) con algunos contemporáneos en su etapa de cristalización intelectual, entre ellos Germán Puig y Ricardo Vigón –animadores de la primera Cinemateca de Cuba–, Néstor Almendros, Guillermo Cabrera Infante, Julio García Espinosa, Alfredo Guevara y Roberto Fernández Retamar.
Sumergido en el relato explícito –el análisis fenomenológico de la relación entre el joven aprendiz de cine y su contexto– hay refugio y consolación para el biógrafo, quien confiesa en el artículo de introducción: “Titón es el interlocutor imaginario que me permite sentarme a repensar mis propias circunstancias en una época y en un lugar donde no abunda la voluntad de debatir esos eventos en los que a diario nos vemos envueltos”. 
A juzgar por los textos que Juan Antonio García Borrero publica de a poco en su blog Cine cubano, la pupila insomne, el libro reseñado es preludio de una obra mayor en extensión y resonancias: Hasta cierto Titón, la “biografía intelectual” que seguro inducirá a la polémica. Y no podemos desear mejor destino para la investigación sobre el cineasta y revolucionario, cuyo pensamiento debiera estudiarse más entre los realizadores del audiovisual cubano, y los funcionarios de la cultura.
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Has podido hablar con Juani? a lo mejor luego se puede compartir el texto digital en Encuadre. Yo no lo he visto impreso. Por lo pronto estoy marcando en el tuyo.
25/04/2017

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